«Los que confían en Dios saben que Dios los espera, que Dios pone su confianza en ellos, que están invitados al futuro de Dios, y que por lo tanto tienen en sus manos la invitación más maravillosa de sus vidas.»
—Jürgen Moltmann.
Cuando se habla de liderazgo se enfatiza la habilidad de orquestar, de dirigir, de coordinar, de influenciar en los demás y, sin duda, ser herramientas eficientes en nuestro trabajo al frente de la iglesia local. Pero esta perspectiva ha llevado a centrar la atención solo en quien dirige. Cuando buscamos en internet ilustraciones sobre liderazgo, siempre encontramos al líder sobresaliendo de los demás, ya sea que su figura sea de mayor tamaño o tenga un color que lo hace resaltar sobre los otros.
Cuando creemos que el éxito o el fracaso de un proyecto depende totalmente del líder, todo se complica, porque el liderazgo estará fincado en función de solo una persona. Vivimos en una sociedad que no nos deja vivir plenamente por su exigencia de productividad y eficacia. Esto ha permeado la visión del liderazgo dentro de la iglesia, lo que da como resultado a líderes que se afanan por querer controlarlo todo, por ende, no se permiten descansar, y cuando lo intentan lo hacen mal, dejando entrar el celular a la convivencia familiar, a las conversaciones maritales, donde los mensajes y las llamadas interminables atentan contra esos momentos que nunca volverán.
Enfrentamos una crisis en el liderazgo. Actualmente varios se encuentran fatigados, cansados y desmotivados, pero no solo eso, muchos muestran resistencia al cambio y como consecuencia se percibe la pérdida de efectividad en sus funciones. Aparte de todo lo anterior, sumemos dos inconvenientes, son pocos los líderes que se encuentran al pie de la batalla y detrás de cada líder difícilmente hay otro en relevo.
En el Evangelio de Marcos, en el primer capítulo podemos leer el arranque del ministerio de Jesús. Revisemos detalles relevantes de este proceso. Primero, en los versos 9 al 11 Jesús es bautizado, y es Dios mismo quien lo llama “Hijo”. Aquí el bautismo de Jesús tiene el significado de unción, con el bautismo se le unge, y los ungidos tenían una comisión por atender, se ungía a reyes y a profetas, todos ellos eran emisarios de Dios.
Después, en los versos 12 y 13, Jesús es llevado al desierto donde fue puesto a prueba. Nos queda claro que el desierto comunica los desafíos y las crisis que ponen a prueba a todo hombre y a toda mujer. La Iglesia siempre ha enfrentado desafíos de forma diacrónica y sincrónica. Seguido de ello, en los versos 14 y 15 se anuncia que Juan el bautista es encarcelado. No es un detalle menor, Jesús principia su ministerio solo después de que Juan el bautista sale de escena. En diferentes relatos bíblicos, veterotestamentarios y neotestamentarios, es notable ver las transiciones entre un líder y otro. Uno tiene que mermar para que otro inicie y prospere; por ejemplo, Moisés cediendo el liderazgo a Josué, Elías a Eliseo, Juan el bautista mermando para que Jesús inicie su ministerio.
Nuestra realidad dista mucho de esto. Por una parte, no tenemos una cultura de formación a otros líderes. Existen pocas personas que estén en condiciones de asumir el liderazgo después de que estos terminan su periodo. Por otro lado, está el hecho de que gran parte del liderazgo no sepa “mermar”. Muchos comprenden su liderazgo desde el paternalismo o mesianismo; es decir, todo lo quieren hacer y creen que todo depende de ellos. Es importante resaltar que el cierre de muchos liderazgos no es muy saludable, en diversos casos se ven obligados a dejar su liderazgo por enfermedad, edad avanzada o deserción y en muchos casos el líder no deja su trinchera hasta el último día de su vida. Por lo anterior, el nuevo liderazgo enfrenta a un ambiente hostil, muchas veces propiciado por el liderazgo que le antecede.
Algo parecido vivió Jesús. Primeramente, su antecesor desconoce las obras de Jesús, no comprende lo que escucha porque no comparte su visión (Mateo 11: 2-6; Lucas 7: 18-23), le provoca desconfianza e incertidumbre, por eso ve necesario preguntarle si es Él a quien debían esperar. Esa es una respuesta muy natural del liderazgo que va de salida, ver con incertidumbre y desconfianza las nuevas propuestas y la visión del nuevo liderazgo.
El liderazgo que dominaba las instituciones judías estaba conformado por los fariseos y escribas. Ellos propiciaron un ambiente hostil para Jesús, pero ¿qué intención tenían estos líderes? ¿Podemos considerar que sus intenciones eran genuinamente buenas al buscar que se preservara la obediencia a la ley? Lamentablemente habían olvidado el centro de esta, para ellos era más importante enseñar la obediencia a su manera que el amor. Jesús rescata el centro de la ley y la cumple.
El celo de los escribas y fariseos no era por la obediencia a la ley, sino a ellos mismos, preservaban la ley porque esto les daba autoridad y trascendencia sobre el pueblo, la obediencia a la ley era obediencia a ellos mismos. Jesús representaba un gran peligro para su estatus, ya que Él ofrecía el perdón de los pecados, sin recurrir al denso protocolo que habían impuesto las autoridades judías; de esa manera les quitaba todo poder. Los más nobles, sabios y piadosos del pueblo, en nombre de la ley se convirtieron en homicidas al matar a Jesús.
Continuando con nuestra lectura de Marcos, en los versos 16 al 20, Jesús empieza a elegir a sus discípulos, Simón, Andrés, Jacobo y Juan. Su selección de alumnos será a la orilla del mar, lugar simbólico entre la seguridad y el peligro, el mar, símbolo de caos y destrucción mantiene vigente su acecho; justo es allí donde Jesús llama a su iglesia. Simón y Andrés pescaban no muy alejados de la orilla, tan cerca como para escuchar a Jesús, un lugar inusual para la pesca. Jacobo y Juan remendaban sus redes, la barca estaba varada y sus herramientas eran inútiles. Jesús los invita a abandonar formas y lugares equivocados para hacer misión, ese no es el camino.
El maestro les enseñará a ser pescadores de hombres, pero deben avanzar, permanecer allí es condenarse a quedar atrapados y estáticos en un sistema de valores y prácticas equivocadas.
Jesús también nos enseña a abrir el camino para los nuevos liderazgos. En el Evangelio de Juan podemos constatar esto. Les dice a sus discípulos: A ustedes les conviene que me vaya. Porque si no me voy, el Espíritu que los ayudará y consolará no vendrá; en cambio, si me voy, yo lo enviaré (16:7).
Negarnos a dejar nuestra trinchera es no tener fe en el poder de Dios, peor aún, es constituirnos en piedras de tropiezo, obstáculo para los que vienen detrás de nosotros. Debemos confiar en lo que Dios puede hacer en cada persona, en cada liderazgo. Jesús afirma que sus discípulos harán aún mayores cosas, Juan 14:12, cada liderazgo debe responder a los desafíos de su tiempo, es el Señor quien dotará de dones y herramientas necesarias para atender necesidades específicas.
Ejercer nuestro liderazgo en circunstancias de dolor y sufrimiento enriquece la vida, pero también, nos pone frente al peligro de la frustración, la desmoralización y el agotamiento físico. El liderazgo también puede usarse para la autopromoción y la perpetuación en el poder. Ante la inmensidad de la tarea y la pequeñez de nuestras capacidades, ante las tentaciones siempre presentes, podemos derrumbarnos.
Tenemos que reconocer: el ser humano es limitado, somos invitados a este proyecto de salvación, Dios es el gran arquitecto, quien cumple todos sus planes a su tiempo. Nosotros somos colaboradores, administradores y anunciadores; debemos asumir nuestro liderazgo sin pretensiones de poder, abandonar toda la actitud prepotente de querer controlar y transformar todo con nuestras propias fuerzas, debemos depender más de la soberanía de Dios. Cuando comprendemos nuestro lugar en el proyecto de Dios, nos salvamos de la frustración de nuestra insuficiencia, porque el proyecto de Dios nunca ha dependido de nuestras capacidades. Abandonemos la búsqueda del poder en el liderazgo. Hay que recordar que Dios construye la historia con nosotros, nos brinda seguridad y esperanza, confiemos que los nuevos liderazgos serán instruidos, guiados y fortalecidos por el mismo Dios que nos acompañó a nosotros.
Hay una urgente necesidad de formar líderes dentro de nuestra comunidad cristiana, con un corazón centrado en la voluntad de Dios, hambrientos de amor y de justicia, con una mirada del mundo desde la perspectiva de los más débiles. Un liderazgo que se construya sobre estos principios podrá responder a los desafíos sociales del presente siglo, porque caminará en pos del reino de Dios.
Debemos recordar que, en el ciclo natural del liderazgo, necesitamos aprender a mermar para que otros sigan caminando. Todos debemos cumplir con lo que nos corresponde, es nuestra responsabilidad gestionar la transición entre liderazgos, para que los nuevos líderes cumplan con su encomienda. Esto no significa dejar de servir, podemos ser de bendición para la iglesia asumiendo diferentes encomiendas. Cada líder debe enfrentar su desierto, responder a sus desafíos y necesidades, y depender de Dios durante todo el proceso. Debemos ser líderes que abren caminos a nuevos líderes, mermar para que otros se levanten.

