Creciendo en el ministerio

El sol no se veía aún en el horizonte, pero ya se dejaba ver cómo su luz hacía que unas pequeñas nubes pintaran el cielo de colores naranja y amarillo. En el lago, faltaba mucho para que apareciera claridad. Los pájaros todavía se escondían en sus nidos, disfrutando de un buen descanso junto con sus polluelos, todos dormían. Parece que los peces también. No sabemos a dónde se habían ido, pero toda esa noche no hubo red tan grande o extensa que alcanzara los rincones a donde habitaban.

Era una madrugada fresca y calma. Sobre el agua se formaba una capa de niebla cual nata sobre leche. La barca de Pedro estaba allí, también quietita. Sus amigos guardaban un silencio sepulcral y todos permanecían cual estatuas, sin hacer una sola seña o moverse un poco para aliviar el dolor de sus espaldas. Muchas horas habían permanecido así. Temían ahuyentar a los peces. Pero, con todo, no habían pescado nada.

En su corazón anhelaba atrapar algo en su red, por lo menos que sirviera para llenar sus estómagos ese día. Total. Volverían al siguiente para volverlo a intentar. Ahora de lo que se trataba era de no pasar hambre o al menos que hubiera valido la pena un desvelo. Pero no. Ni un pez pasaba por ahí.

Todos dudaban de decir algo. Sentían que debían darse por vencidos y dejar de intentar, pero ninguno se animaba a ser el que se acobardaba. Tampoco se arriesgaban a echar culpas. No. ¿Quién iba a confrontar a Pedro y decirle que se equivocó? O por lo menos desquitarse en Juan como válvula de escape, ya que era el menor y no iba a defenderse. Pero lo más importante, era no hacer ruido para no ahuyentar a los peces. Debían quedarse ahí. Sigilosos, cual león al asecho de su presa. Como pequeñas mantis moviéndose imperceptibles.

Todo era silencio. Todo era calma. Todo era quietud bajo la sábana de aquella bruma que se deslizaba sobre la superficie del agua. Pero eso no ocurría en el corazón. Adentro había quejas de dolor. Tampoco la mente se quedaba quieta, muchas preguntas se movían cual papeles en el viento. La razón gritaba agitada por una explicación, pero se mordía los labios para no ser ella quien trajera los problemas. No había gritos del alma porque un severo peso de temor, desesperanza y confusión se anidaban encima y la ahogaban. Y aún así, había silencio y calma.

Entonces algo rompió toda su aparente quietud. Un sonido lejano pero familiar, fuerte en su origen, pero tenue a los oídos de los pescadores. Apenas se escuchó, pero fue suficiente para desgarrar esas tinieblas. —¡Hijitos!, se escuchó una voz.

Juan 21 es un relato íntimo que desnuda al alma. Está escrito desde la experiencia de un encuentro transformador y no desde la teología. Se parece más a un cuadro pintado por Edvard Munch, cargado de emociones profundas. Su narración expresa gran hondura en las vivencias del corazón. Sobre todo, las de Pedro. Este relato es el viaje del apóstol a través de la oscuridad y su retorno a la luz. Es el relato épico del héroe que se siente perdido, sin rumbo, identidad ni sentido. Es, sobre todo, la historia de un amigo que busca a sus compañeros y se sienta a su lado para tratar con su corazón. Pero dejemos por un momento este relato, para volver después a él.

Ser o hacer, he ahí el falso dilema

La mayoría de nosotros los líderes tenemos la tendencia a pensar que en el día que debamos rendir cuentas ante Dios y nos preguntará por lo que hicimos: ¿Cuántas almas ganamos? ¿Cuántas iglesias fundamos? ¿Cuántos templos construimos? ¿Cuántos programas llevamos a cabo? ¿Cuántos matrimonios restauramos? ¿Cuántos drogadictos rescatamos de las calles? ¿Cuánto juntaba nuestra congregación en diezmos? Etcétera. A otros, les da la creatividad para ir un poco más allá, se imaginan que el Señor les preguntará sobre sus creencias: ¿Creías que Jesús nació en octubre? ¿Creías que te ibas a ir al cielo? ¿Creías que los camarones se podían comer? Y más.

Existen muchas evidencias escriturales de que habrá una rendición de cuentas y el Señor juzgará a cada uno según sus obras. Y por eso, para muchos líderes es muy importante centrarse en lo que están haciendo. Se ocupan en actividades, programas, proyectos o estrategias que les ayudarán a obtener mejores números, esto, a pesar del peligro que conlleva el reducir su ministerio y a las personas a meros datos estadísticos.

Pero, pensemos, ¿a Dios le interesa más lo que hacemos que quiénes somos?

El Señor tiene expectativas diferentes respecto a nosotros. A Él sí le importan los resultados. La parábola del hombre que entrega talentos a sus siervos y se va lejos, es muestra de que al volver sí pedirá ganancias numéricas. Pero, ¿es esto el centro de sus deseos?

Para el Señor es más importante quiénes somos que lo que hacemos. Dios espera que seamos lo que hemos de ser. Está más concentrado en trabajar en nosotros y con nosotros, que en usarnos como meros instrumentos para conseguir sus fines. No somos puras herramientas de su jardín, somos el jardín mismo. ¿Entonces no importan los resultados? También. El asunto es cuestión de prioridades.

Cuando hablamos de prioridades es que comprendamos qué va primero y lo que viene después. No se trata solo de jerarquizar los importante sino de entender cuál es el orden en que ocurren las cosas. Veamos.

Por sus frutos los conoceréis

En la ilustración del árbol bueno y el árbol malo (Mateo 7:16-20), el Maestro ilustra la importancia de colocar todo en su orden de prioridad. Hay un árbol silvestre que da frutos silvestres. Por más que se espere o se le exija a este árbol silvestre que cambie el tipo de fruto no podrá. Por eso, si encontramos un árbol silvestre que da frutos que parecen domésticos, buenos y comestibles, debemos saber que allí hay una simulación.

Con este ejemplo, Jesús ilustra el punto, ser y hacer. Si se es un árbol doméstico (bueno), se producirán frutos buenos. La prioridad es “ser”, pues de lo que somos, se produce el “hacer”. Entonces, ¿cuidamos qué fruto damos o cuidamos qué árbol somos? De eso se trata esta ilustración.

Para Jesús es más importante ser auténticos que productivos, pues la autenticidad siempre dará el fruto que agrada a Dios, la productividad sin autenticidad nunca.

Ese era el problema de los líderes religiosos de Israel, contra quienes advirtió el Maestro. Más que maestros de la ley, eran masters en simulación, su productividad parecía efectiva, pero era, como la llamada “higuera estéril”, pura apariencia, “mucho ruido y pocas nueces”.

La importancia de ser auténticos

El desafío que tenemos ante nosotros es que nos cuesta mucho ordenar las prioridades. Las exigencias que tenemos en el ambiente pueden provocar que nos equivoquemos, y que, por atender a lo urgente, descuidemos lo importante.

Encontrar el punto de equilibrio, en la vida es uno de los desafíos más complicados de resolver. Y, más que equilibrio, necesitamos encontrar la sazón que nos permita vivir con autenticidad.

Regresando a Juan 21, después de una serie de eventos, Jesús se encuentra sentado al lado de Pedro disfrutando aquella bella mañana. Y, mientras saborean un delicioso pez a las brasas y descansan en la playa, el Maestro le pregunta a Pedro: —¿me amas?

Esta pregunta no va dirigida a la productividad de Pedro, sino a la comunión que hay entre estos amigos. Pedro, ¿me amas?; es la pregunta más íntima que puede hacerle una persona a otra. Y esa es la pregunta que prioritariamente le interesa al Señor.

La obra de Dios tiene como propósito formarnos como personas, que lleguemos a ser todo lo que podemos ser. En consecuencia, de la autenticidad de nuestro ser se sustentarán nuestras acciones. Jesús le pregunta tres veces a Pedro, ¿me amas?, y con cada pregunta escarba buscando que Pedro sea auténtico.

Pedro ha madurado, ya no es aquella persona improvisada que se deja llevar por sus emociones; aquella que dijo: —mi vida daré por ti. Ahora es transparente, honesto y realista: —sabes que solo te aprecio (fileos, en griego), responde. Pero no se requiere más. Jesús busca eso, autenticidad y disposición para seguir creciendo en dirección a ese horizonte imposible, llegar a ser todo lo que podemos ser. Y, no porque sea imposible se vuelve inútil, por el contrario, pues con cada paso que avanzamos nos entusiasmamos más al saber que un mundo enorme de posibilidades nos está esperando para ser descubierto, un universo inexplorado que se agranda delante de nosotros con cada pequeño avance, y lo más grandioso, no hay que viajar a las estrellas para conocerlo, porque está dentro de nosotros.

—Apacienta a mis corderos. Jesús ordena las prioridades, del “ser auténtico” pasa al “hacer auténtico”. Eres mi amor hecho carne, ahora haz lo que corresponde a esa verdad. Si mi amor te ha transformado, estás en condiciones de servirme y producir un fruto. Ya que eres auténtico, te puedo encargar con confianza a mis ovejitas.

¿Cómo puedo desarrollar mayor autenticidad?

El único camino es el que trazó el Maestro. Dedicarte a tu desarrollo personal. Como Pedro, sumérgete en la oscura noche de una pesca aparentemente infructuosa y ve al encuentro de Jesús. Aquí te presento algunas consideraciones para tu desarrollo personal en autenticidad.

1. Dedica tiempo a la contemplación.

Los líderes hemos dejado de ejercitarnos en prácticas contemplativas, como la meditación, el silencio, la oración en soledad o el retiro; hoy día se consideran ejercicios infructuosos. La contemplación es una práctica que nos permite conectarnos con nuestro interior, aquietar nuestra mente, escuchar nuestra verdadera voz para diferenciarla de todos los ruidos que se presentan como voces nuestras; y esto, nos permitirá identificar la voz de Dios y colocarnos abiertos, desnudos y transparentes ante Él para ser confirmados en su amor, sanados, consolados, fortalecidos y transformados. A través de la meditación, el silencio, la oración o el retiro, en soledad con nosotros y con el Padre, lejos de las presiones y las exigencias de nuestros compromisos como líderes, podremos cultivarnos, en un desarrollo personal con autenticidad.

La mayoría de los líderes hoy día oramos, meditamos en la Palabra y estudiamos bajo la premura del hacer. Oramos para interceder, oramos como grito desesperado ante las urgencias u oramos de rapidito. Lo mismo ocurre con la Palabra, estudiamos para el curso que debemos dar, para preparar la lección de Escuela Sabática o los tres sermones que debemos predicar el fin de semana. Recupera tu espacio de intimidad. Es mejor sentarse con Jesús a comer pescado y escuchar sus preguntas transformadoras, para luego, con la fuerza que da la transformación interior, apacentar a sus ovejas.

2. Toma cursos y capacitaciones enfocados a formarte a ti.

¿Hace cuanto que no tomas un curso o lees un libro por el solo hecho de crecer o sentir la satisfacción de tu desarrollo personal? La mayoría de los líderes tomamos cursos o nos capacitamos pensando en la utilidad, en la instrumentalización del aprendizaje. No pensamos en cómo esto nos transforma o nos hace mejores personas, o desarrolla nuestros potenciales por el solo hecho de hacerlo. No. Pensamos en cómo esto nos servirá para las tareas que debemos realizar y mejorar los resultados. Insisto, hacer esto no está mal, donde nos equivocamos es en ordenar prioridades.

Lo prioritario debería ser invertir en nuestra formación, educación y capacitación como parte del crecimiento personal y el desarrollo de la autenticidad. Al adquirir nuevos conocimientos y habilidades como un desarrollo personal, dejamos de exigirnos y exigir a los demás, ampliamos nuestros horizontes, nos convertimos en versiones más auténticas y seguras de nosotros mismos, en personas más compasivas, tolerantes, comprensivas y amorosas. En líderes con calidad humana, no en robots que actúan como pastores.

3. Cultívate en aquello que disfrutas.

¿Te gusta la música, la pintura, la poesía, la cocina o la filosofía? Perseguir nuestras pasiones y cultivar nuestros intereses nos ayuda a conectarnos con los talentos que Dios puso en nuestra esencia. Cuando dedicamos tiempo a las actividades que nos traen alegría y satisfacción, fortalecemos nuestra identidad y vivimos una vida más auténtica. La autenticidad nos lleva a un desempeño gozoso y a disfrutar lo que hacemos. Cuando hacemos porque es la exigencia o para cumplir las expectativas de los demás, nos enfrascamos en un círculo vicioso de frustración, impotencia, enojo y baja eficiencia. En cambio, cuando nos enfocamos en la expectativa de lo que Dios espera que seamos, esa realización será traducida en planes, proyectos y acciones entusiastas. Dejaremos de hacer lo que debemos solo porque debemos, con actitudes acartonadas, como sintiéndonos obligados. Haremos cosas por espontaneidad y disfrutaremos hacerlas.

4. Toma tiempo para el descanso.

El descanso es crucial para nuestro bienestar físico, mental y emocional. Cuando nos tomamos tiempo para descansar y recargar energías, permitimos que nuestra mente y nuestro cuerpo se renueven, lo que nos ayuda a ser más productivos y auténticos.

La dinámica que muchos líderes llevamos nos exige trabajar 25 horas al día y 10 días a la semana. De alguna manera nos las arreglamos para conseguir estirar el tiempo, o al menos tenemos esa ilusión. ¿A qué costo? ¿De qué nos sirve ganar el mundo si perdemos lo más valioso?, deterioramos nuestra salud, nos llenamos de estrés, empobrecemos las relaciones, disminuimos la efectividad.

En países donde se han reducido las horas de trabajo, se ha comprobado que la eficiencia no está en las horas que dediquemos a una actividad, sino en la calidad y concentración con la que la realizamos. El descanso es parte de un buen desarrollo personal; a veces, para desarrollarnos saludablemente, también hay que dejar de hacer algo. Como la buena masa, hay que dejarla reposar para que fermente bien y se produzca el mejor pan. ¿Cuántas cosas buenas conoces que son el resultado de un adecuado reposo?

5. Dedica tiempo para tu cuidado personal.

El cuidado personal abarca todas las actividades que nos ayudan a mantener nuestra salud física, mental y emocional. Esto incluye cosas como el ejercicio regular, una dieta saludable, el sueño adecuado y las relaciones saludables.

Al priorizar el cuidado personal, nos convertimos en mejores versiones de nosotros mismos y podemos vivir una vida más auténtica. Créelo, nunca serás eficiente en la obra de Dios si no cuidas tu persona. Además, no puedes enseñar a otros lo que tú no vives. ¿Cómo puedes enseñar que el Evangelio libera, restaura y sana, si la mala salud de tu cuerpo, tu mente y tus relaciones ofrecen un testimonio contrario? No estamos hablando de aquello que se deteriora como resultado de la edad, sino de las facturas que nos pasan los descuidos, la negligencia e insolencia con la que nos tratamos a nosotros mismos.

El desarrollo personal y la autenticidad producen un fruto de cuidado a nosotros mismos. Al mismo tiempo, el cuidado y desarrollo personal nos harán más eficiente en la obra.

6. Aprenda a decir: sí.

Hemos escuchado diversos consejos que nos enseñan a saber decir no. Pero, volvemos a insistir, es mejor saber establecer prioridades y decir sí a lo que debe ocupar el primer lugar. ¿Cuántas veces has dicho que no a una oportunidad para tu desarrollo? Decir “sí” a las oportunidades que nos desafían y nos ayudan a crecer es esencial para el desarrollo de la autenticidad. Cuando nos salimos de nuestra zona de confort y aceptamos nuevos retos, descubrimos nuevas fortalezas y habilidades, lo que nos permite vivir una vida más plena y auténtica. Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios (2 Corintios 1:20). Amén.

Conclusión

El desarrollo personal y la autenticidad son fundamentales para el liderazgo cristiano efectivo. Más que enfocarnos solo en la productividad y los resultados, los líderes debemos priorizar quiénes somos. Antes de enfocarnos en el fruto que debemos dar, debemos preguntarnos qué árbol somos. Para recuperar nuestra autenticidad y propiciar un buen desarrollo personal podemos cultivar prácticas contemplativas, formación continua, intereses personales, descanso y cuidado personal. Cuando los líderes nos centramos primero en “ser” personas auténticas y permitimos que Dios nos transforme, nuestro “hacer” ministerial fluirá de manera más gozosa y eficaz. Al final, Dios no se enfoca prioritariamente en lo que hacemos, sino principalmente en que lleguemos a ser todo lo que podamos ser en Cristo.

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