Ve y reconciliate

Hablar del perdón ha sido, a lo largo de los años, todo un desafío. Los seres humanos de manera natural somos dados a aferrarnos al dolor, a buscar la justicia por nuestra propia mano o incluso, a vengarnos ante cualquier ofensa recibida. Cuando somos heridos o lastimados, con frecuencia nos resistimos a perdonar porque, hacerlo, sería un acto de auto traición, como si al perdonar estuviéramos minimizando la ofensa recibida o legitimando el daño ocasionado a nuestra persona.

Otro aspecto importante es que aquellas acciones que alguien realiza en nuestra contra como una traición, alguna palabra hiriente o cualquier otra acción malintencionada y que deja en nosotros una herida, levantan una barrera que nos impide avanzar, llenando el corazón de amargura, odio o rencor.

Para los creyentes, el tema del perdón y la reconciliación añade una capa de dificultad mayor ya que, la manera de perdonar planteada por el evangelio es contracultural y desafiante. En una sociedad donde se valora el orgullo personal y el derecho a “tener la razón”, el Evangelio exige una renuncia a nuestra ofensa, a extender gracia y buscar reconciliación, incluso cuando el otro no lo merezca. Además, la humildad que se requiere para poder perdonar no siempre es fácil de abrazar, sobre todo cuando el mundo en el que vivimos celebra la fortaleza por encima de la debilidad emocional.

Para muchos creyentes, la dificultad para perdonar radica en tener que alinear la fe con sus emociones. Lo complicado no es saber que el perdón es un mandamiento de Cristo, si no el tener que vivir con el enojo, el dolor o el resentimiento.

Por último, perdonar también puede ser confundido como “debilidad”, lo que lleva a los cristianos a enfrentar el conflicto interno entre los valores del mundo y la enseñanza radical del Evangelio.

Como creyentes estamos conscientes de que renovarnos a la manera de Cristo requiere de un cambio en el sistema de valores y actitudes con los cuales fuimos enseñados desde niños, implica mirar todas las situaciones y experiencias humanas desde la óptica del Maestro, en dejarnos enseñar por Él y caminar con paso firme por los caminos por donde quiera llevarnos; es decir, ser cristiano es más que acumular una serie de creencias, es asumir la vida de Cristo más allá de nuestro propio querer o búsqueda.

Para que esto sea posible, es necesario que el creyente se asuma como discípulo de Jesús, a volver al Evangelio una y otra vez para escucharlo de nuevo con mayor atención, a dejarse desafiar por los requerimientos del evangelio y a responder a la pregunta si verdaderamente deseamos ser sus discípulos y dejarnos enseñar.

La reconciliación evidencia

una fe renovada

Uno de los temas que aborda el Evangelio como un desafío, es el tema del perdón, veamos Mateo 5:23-24, dice: Por tanto, si en el momento de ir a presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene algo en contra de ti, deja tu ofrenda allí mismo delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano. Luego regresa y presenta tu ofrenda (BLPH). En este pasaje que encontramos en el Sermón del Monte (caps. 5-7), Jesús enseña acerca de la justicia, justicia que deberá estar por encima del cumplimiento de la Ley. Aborda el tema de las relaciones interpersonales, mostrando cómo éstas afectan la relación con Dios. Introduce esta sección haciendo mención a uno de los mandamientos del decálogo: No matarás (Éxodo 20:13), pero ampliando su significado al incluir la ira, el desprecio y las palabras ofensivas; en otras palabras, basta manifestar ira contra alguien, para hacer a una persona culpable delante de Dios. Sobre todo, enfatiza que la verdadera adoración no se puede separar de las relaciones con los demás (Mateo 5:23-24). Si alguien tiene resentimiento, ira o enojo contra otro, primero deberá ponerse a cuentas, para que su adoración sea recibida.

Acercarse al templo y ofrecer ofrendas y sacrificios era uno de los actos más solemnes de todo judío, sin embargo, con la referencia de Jesús acerca del perdón de las ofensas, se estaba mostrando que aún el acto más solemne de adoración a Dios no tiene mayor relevancia que el tema de las relaciones interpersonales; es decir, Dios privilegia la reconciliación y la paz entre las personas por encima del ofrecimiento de cualquier ofrenda o sacrificio que se le pueda dar. Si esto es de por sí un desafío contracultural, lo que Jesús abordará a continuación pondrá a prueba a todo seguidor suyo. Si alguien estando en el altar con su ofrenda se acuerda de que su hermano tiene algo contra él deberá dejarla en el altar y vaya en busca de la paz con su hermano, antes de continuar con el acto de adoración.

Lo anterior nos enseña que la adoración aceptable delante de Dios requiere de un corazón limpio y de relaciones restauradas. Además, su mandato es proactivo, nos exhorta y anima a tomar nosotros, la parte ofendida, la iniciativa para buscar la reconciliación. Esto sí que es un tremendo desafío del Evangelio, que nos hace pensar en una de las características del actuar de Jesús mostrado a lo largo de su ministerio terrenal, el cual fue dar a cada uno lo que necesita, no lo que merece.

Identificando las grietas en el matrimonio

Cada matrimonio cristiano está llamado a ser un reflejo del amor incondicional de Dios, sin embargo, cuando el perdón es retenido, dicha imagen se distorsiona. Además, las ofensas que se van acumulando y que no han podido resolverse, levantan barreras que enfrían el amor y la unidad entre los cónyuges y el orgullo se convierte en un escudo que impide la reconciliación y anula todo reconocimiento de los errores cometidos, limitando la búsqueda del perdón.

Cuando esto sucede, se justifica o culpa a la otra persona, provocando el distanciamiento y resentimiento entre los cónyuges. De esta manera, las heridas no tratadas, aquellas causadas por palabras hirientes o traiciones, van dejando cicatrices que, cuando no se abordan adecuadamente, dañan la confianza y la capacidad de amar. Estas fisuras, por muy pequeñas, invisibles o imperceptibles que parezcan, con el paso del tiempo, fracturan la base del matrimonio

Pasos prácticos hacia la reconciliación y el perdón

Humildad para reconocer las faltas cometidas. Este es el primer paso hacia la reconciliación; para ello, las excusas y justificaciones deberán dar paso al reconocimiento humilde, buscando el bienestar de la pareja. Por supuesto que este acto requiere valentía para admitir los errores cometidos y que tal vez hemos pasado por alto o minimizado, pero que han causado daño entre los cónyuges.

Más que palabras. No basta con las buenas intenciones, un arrepentimiento genuino implicará más que las palabras; consistirá en un cambio radical del corazón que se verá reflejado en acciones concretas. Pedir perdón es reconocer que el cónyuge tiene un valor especial para nosotros y que dicho valor es suficiente para buscar la reparación del daño causado. 1 Juan 1:9 nos enseña: Si, por el contrario, reconocemos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos purificará de toda iniquidad (BLPH). De igual manera, en nuestra relación de pareja debe hacerse evidente este modelo de restauración. Por tanto, debemos recordar que el perdón no es producto de una emoción, sino una decisión consciente de que estamos dejando de lado el resentimiento, evitando tomar el camino de la ofensa como un arma a utilizarse en el matrimonio, reconociendo que, aunque el dolor siga presente, el acto del perdón abrirá la puerta para que el Señor a través de su Espíritu sanará las heridas causadas.

Por lo tanto, perdonar no significa que justifiquemos la ofensa, por el contrario, cuando perdonamos estamos decidiendo que el amor de Dios estará por encima de cualquier ofensa recibida. Efesios 4:32 dice: Sean, en cambio, bondadosos y compasivos los unos con los otros, perdonándose mutuamente como Dios los ha perdonado por medio de Cristo (BLPH).

Por lo anterior, será conveniente:

1. Cultivar la oración en el matrimonio. Haciéndolo se fortalecerá, no solamente la relación con Dios, también el vínculo emocional y espiritual entre los cónyuges.

2. Buscar momentos para el diálogo abierto sobre los problemas. Evitar las interrupciones y juicios, permitiendo que cada uno exprese su sentir, puede evitar conflictos.

3. Buscar la ayuda de un consejero matrimonial. Hacerlo, proporcionará herramientas y orientación para superar los problemas en el matrimonio, basados en la Palabra de Dios.

Conclusión

Un matrimonio reconciliado y fortalecido trasciende y se convierte en un testimonio maravilloso y encarnado del amor de Cristo. Cuando en el matrimonio se elige el perdón y la restauración de la relación, no solo se encuentra salud y plenitud, también se transmite un bello mensaje para los hijos, fortaleciendo además a la comunidad de fe por medio de su testimonio y a la sociedad marcada por el egoísmo, un matrimonio fortalecido y restaurado por medio de la reconciliación se convierte en un testimonio de esperanza de que, caminando tomados de la mano de Dios, la reconciliación es posible. Que Dios bendiga a todos los matrimonios y nos ayude a caminar con la fuerza que nos da el Señor a través de su Espíritu y nos permita vivir en plenitud, para gloria suya.

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